
Llegaron a la final. Vieron la gloria de cerca. El otro equipo fue mejor. Fueron subcampeones.
Hubo llantos de impotencia, frustración y tristeza. Le dimos lugar a que lo expresaran. Escucharlos y verlos te rompía el alma. De algún modo también nosotros, los entrenadores, nos habíamos subido a la ilusión.
Pero somos los adultos, sus referentes, ellos confían en nosotros. Nos necesitan adultos. Nos miraban buscando alguna explicación. La respuesta verbal era fría: “Corrieron como leones, y ellos fueron mejores”.
De todos modos, nada te saca la tristeza…
Pero estuvimos ahí con ellos, como estandartes incondicionales, validando su esfuerzo, su compromiso, sus aciertos, sus personas, íntegras. Es un orgullo para mí estar ahí.
El equipo se abrazó, se agradecieron mutuamente la entrega y al rato… estaban riendo otra vez… jugando, divirtiéndose…
Moraleja: Habilitar el mundo emocional de los chicos les ayuda a ponerle palabras y a elaborar las experiencias… aunque te rompa el alma… como adulto, eres referencia, contención y firmeza en una atmósfera de aceptación incondicional.