domingo, 7 de agosto de 2011

Navegar hacia horizontes abundantes

Podemos coincidir en los hechos que conforman una historia. Y podemos escribir mil historias diferentes a partir de los mismos hechos. Mucho depende de quién la cuente, y también, del significado que le atribuya a esos hechos.

No podemos modificar los acontecimientos. Podemos resignificarlos a la luz de nuevas experiencias, de nuevos paradigmas. Diferentes prismas de luz pueden atravesar los hechos y mostrarnos brillos jamás hasta ahora percibidos.

Si cambia la interpretación, cambia la historia.

En un equipo de trabajo Guadalupe contó que había quedado huérfana a los 5 años. Y una compañera dijo: “A mí me llega a pasar eso y me muero; creo que no hay nada peor”. Y Guadalupe le contestó: Sí, hay algo peor que eso. ¡Pensar que eso es lo peor! Porque entonces no hay salida. Ese hecho hizo de mi lo que soy ahora. Alguien independiente, que vive al día, a pleno. Porque sé que la vida termina. No dejo nada para mañana. Porque sé que para algunos, no hay un mañana. Tampoco me aferro al pasado, porque el pasado ya murió con la llegada del hoy.

La interpretación que hago de los hechos es lo que le da sentido a la historia. Y esa interpretación es única y personal.

La película: “Gran Pez” es un claro ejemplo esto. Hacer de los acontecimientos vividos, la mejor historia, aquella que tenga sentido para mí y para los míos.

En frase de Jean Paul Sartre: Lo importante no es lo que han hecho de nosotros, sino lo que hacemos con lo que han hecho de nosotros.

Puedes quejarte toda la vida de aquellos acontecimientos que te han tocado vivir. Y no estarás equivocado...

- Porque mi padre fue así
- Porque mi madre esto otro
- Porque nunca recibí afecto
- Porque nadie me valoró
- Porque crecí bajo normas muy rígidas
- Porque pusieron sobre mi cabeza mucho peso
- Porque me infundieron demasiado miedo
- Porque me llenaron el corazón de culpa
- Porque no tuvimos dinero
- Porque siempre elegimos desde la carencia
- Porque no aprendí a pedir ayuda
- Porque…

Pero también puedes renovar el significado que en otro momento le diste.

Existe una historia en la cual a 3 personas se les repartió una serie de recursos. El que había recibido mucho, multiplicó lo recibido. Fue felicitado y gozó de una Gran Vida. Otro que había recibido menos también lo duplicó, fue felicitado y gozó de una Gran Vida; y el tercero, que recibió muy poquito, tuvo miedo y dejó las cosas tal cual las había recibido… Ese, tuvo una vida de perros… Se quejó todo el tiempo de lo poco que había recibido… no hizo nada para transformar su suerte…

Lo recibido es suficiente para empezar. Ahora, ¿qué quieres hacer con todo eso?

¿Te ha tocado un barco averiado? Repáralo y lánzate de una vez a vivir de verdad. A navegar en aguas profundas.

Puedes tener una Vida Grande o una de perros… tú eliges…

Si no sabes ¿cómo hacerlo? Ven y embárcate. Te contaré mi propia historia.

viernes, 22 de julio de 2011

Pero la pucha, ¡Qué lindo fue conocerte!

Fue doctor toda su vida. Director de un importante hospital de la zona. Jubilado y retirado de ese generoso servicio decidió volver a estudiar. Tenía 78 años. Antes se había ocupado de los cuerpos, ahora se ocuparía de las almas. Fue entonces que decidió estudiar consultoría psicológica. Allí nos encontramos.

Miguel era un sabio y un niño a la vez. Ya estaba de vuelta en muchas cosas pero su asombro no tenía límites. Estaba en un estado de constante aprendizaje. Preguntaba, indagaba, se maravillaba de nuestras respuestas. Agradecía por la lección recibida. Siempre abierto a nuevos horizontes, paradigmas, novedades…

En su casa siempre había té, alfajores, cerveza y frutos secos.

Nos invitaba a estudiar. Hacía grupo de estudio con Fede, Seco, Luli, la Ferchu y Feli, a veces Andy, y yo. Pero había un elenco estable. Un grupo predilecto por él. Y Miguel era uno más.

Lo sentí muy compinche. Se prendía a todo. En las clases actuaba, se disfrazaba como si tuviera 20 años. Una disposición fresca que nos dejaba pensando… ¡Ojalá lleguemos a su edad con ese espíritu tan joven!

Sin conocernos tanto, me ofreció su cabaña en San Martín de los Andes que contaba con un antiquísimo pero súper confiable jeep Maruti. ¡Qué buenas vacaciones! Montañas, ríos, selvas… El Marutti se bancó todo. La pasé fenomenal en esa cabaña al filo de la montaña. ¡Gracias Generoso Miguel!

Hace dos meses me lo encontré por la calle y emocionado me tiró un abrazo al que le correspondí de modo incondicional. Me dice: “Me estoy yendo a visitar a mis hijos que viven en Europa. Cuando vuelva, a fines de junio, te llamo y armamos un asadito con los chicos, así nos vemos”. Ahí quedó flotando la invitación… Hoy nos enteramos que Miguel murió. Estamos tristes. Nos quedamos sin el último asado. Nos quedamos sin Miguel. Ya te estamos extrañando. Igual, del asado no te salvás. No fue en esta vida, asi que será en la otra.

¡Pero, la pucha, qué lindo fue conocerte!

domingo, 19 de junio de 2011

Guiños inesperados

El legado de un padre puede ser múltiple. La trascendencia de sus acciones es impredecible. Me sorprende encontrarme con puertas abiertas a situaciones jamás imaginadas. Me conmueve cruzarme con personas que me tienden su mano sin haber sembrado yo la más mínima semilla de la oportunidad. Me emociona saber que alguien dejó latiendo ese gesto para que yo me lo encontrara años después.

Quiero pensar la existencia de mis ancestros como aquellos que sembraron en el mundo una cantidad infinita de oportunidades que, si camino despierto y conciente, me darán la evidencia de que siguen presentes, en estas coordenadas de tiempo y espacio, guiando, acompañando, motivando e inspirando mi travesía.

¿El golpe de suerte no será el guiño de alguno de tus ancestros?

¿No te sucedió alguna vez de haber recibido el fruto de algo que nunca sembraste?

Yo tenía 10 años. Muchos saben de mi pasión por navegar y, también saben, que fue algo que recibí de mi padre. Estábamos en el club náutico, un día de tantos. Un amigo de mi viejo se acercó y le contó con alegría que se había comprado un barco. Mi viejo lo felicitó y le preguntó cuando lo invitaría para probarlo. Martín, su amigo, sacó las llaves del “Baccarat” y le dijo: “Tomá, es tuyo”. “Cuando vos quieras, lo usás”.

A mí, me impresionó ese gesto de generosidad, de confianza, de amistad sin condiciones y miraba ese mundo de los grandes con profundo respeto. Yo era chico pero había entendido todo el significado de la amistad.

Hace un mes atrás. Más de 30 años después de ese episodio. Un día de tantos, estando yo en el club, me encuentro con Martín y nos estrechamos en un gran abrazo. Intercambiamos información acerca de “en qué andaba cada uno” y me dice: “Gonza, ¿Estás navegando?” – Sí, le respondí. Siempre menos de lo que me gustaría. Sigo llevando el río en la sangre. Y continúa: “me acabo de comprar el Bonanza, lo tengo en la bahía” y sacando las llaves me dice: “Es tuyo, navegalo cuando quieras”…

En un micro – segundo, se me erizó la piel, se me llenaron los ojos de lágrimas, me conmoví profundamente…

Gracias Martín…

Gracias Viejo…

¡Feliz Día!

domingo, 22 de mayo de 2011

Borrascas perfectas

He leído con atención tu carta. Hablas del mar y también de la borrasca en que te ves, de la incertidumbre y de la vida. Deduzco que eres muy joven, y hay algo que quisiera contarte sobre eso. Yo tengo 59 años y amo el mar, pero ya sólo navego por el Mediterráneo. Pasó la edad en que me seducían otros mares y otras costas. Con canas en la barba y arrugas en la cara acabé confirmando que mi verdadera patria es ese lugar viejo y sabio, memoria de velas blancas y naufragios, por donde vinieron los héroes, los dioses y las antiguas leyendas que me educaron con rumor de resaca, en playas donde, al fuego hecho con madera de deriva, hombres de manos encallecidas por remos y redes, piel curtida y ojos quemados de sal, fumaban tabaco negro, hervían calderos de arroz y asaban sardinas. Quien no conoce de esas aguas más que las orillas, las cree siempre apacibles, azules, de mansos amaneceres y rojas puestas de sol. Ignora que algunos de los más furiosos temporales pueden desatarse en ellas sin previo aviso: el mar golpeando de manera despiadada, voluble y traidor.

En realidad, ningún mar es mala gente. Es el viento el que lo hace peligroso y mortal. Pero, a diferencia del Atlántico, donde los temporales pueden a veces prevenirse en intensidad, trayectoria y duración, y donde la ola suele ser larga y tendida, más gobernable, el Mediterráneo desata su furia de improviso, con vientos inesperados y una ola corta, asesina, que machaca los barcos y agota a quienes los tripulan. Viví entre marinos desde niño, y me crié con relatos de buques y mar. Nunca olvidé el respeto con que viejos capitanes, curtidos en todos los océanos, hablaban de la mar terrible que los temporales del Norte levantan en el golfo de León. Después, con el paso del tiempo, yo mismo tuve ocasión de comprobar en persona cómo es capaz de golpear el azul Mediterráneo cuando se torna malhumorado y cabrón. Cuando se pone barbas grises.

De una de esas situaciones hablé aquí alguna vez: fue a bordo del petrolero Puertollano, Navidad de 1970, y tuvimos una mar horrorosa doblando el cabo Bon, frente a la costa de Túnez, con olas de diez metros y viento que en la escala Beaufort se conoce como temporal duro, de fuerza 10. En otras ocasiones tampoco escapé a los temibles mistrales del golfo de León o a las noroestadas duras del canal de Cerdeña; con la angustia que supone, en esos casos, estar al mando de tu propio barco, tomando las decisiones, y que éste sea un velero con tripulantes de cuyas vidas eres responsable. Y te aseguro que un mistral de fuerza 8 pegando en la amura de estribor durante horas, con sólo una trinquetilla arriba, la mayor reducida al último rizo y el barco -valiente, fiel y marinero, bendito sea- navegando a ocho nudos escorado hasta el trancanil, dando pantocazos, macheteando entre rociones y rachas la maldita ola corta mediterránea, es algo que, por mucho que ames el mar, puede hacerte renegar de él, de los barcos y de la madre que te parió.

Sin embargo, hay algo bueno en eso. Cuando todo acaba felizmente, si el barco navegó bien gobernado y estás a salvo en aguas tranquilas, hay algo que caldea tu espíritu con legítimo orgullo: pasaste la prueba. Llevaste a puerto el barco, a los tripulantes y a ti mismo. Eres marino. Hiciste las cosas como debías, y ahora estás a salvo. Librado a tus propias fuerzas, con los dientes apretados, sin aspavientos, estuviste allá lejos, donde nadie puede decir basta, oigan, paren esto que me bajo. Y, por mucho título de capitán de yate que tengas en casa, posees el mejor certificado náutico del mundo: saliste vivo, con tu barco. Porque si es verdad que el mar, cuando se lo propone, acaba matando a cualquiera, incluso al mejor marino, también es cierto que primero liquida a los torpes, a los arrogantes y a los imbéciles; a quienes carecen de la suficiente experiencia o la humildad -que allí son sinónimos- para comprender que el mar, reflejo exacto de la vida, con sus borrascas imprevistas y sus arrecifes acechando en alguna parte, es lugar peligroso. Y que una saludable y constante incertidumbre, la desconfianza de quien se sabe siempre en territorio enemigo, ayuda a mantenerse vivo.

Y, bueno. Eso es todo, o casi. Sólo quería decirte que, lo mismo que el mar, espejo de la vida, también la tierra firme -engañosamente firme- tiene borrascas perfectas que discurren por el corazón del ser humano, probándolo, tanteando su resistencia y su coraje. Y que no hay mejor adiestramiento y ojo marinero para enfrentarse a ellas, aparte de una saludable incertidumbre, que la lucidez, la tenacidad y la cultura. Ellas te ayudarán a sobrevivir entre tus particulares temporales de fuerza 8. Y en el peor de los casos, si no queda otra, a perderte con tu barco luchando hasta el final, silencioso y sereno como un buen marino. Con el consuelo de que lo hiciste todo lo mejor posible.




Por Arturo Pérez-Reverte: El autor, español, es periodista, escritor y miembro de la Real Academia Española

Gracias Arturo! Haz dejado al descubierto cuanto mar y viento llevo en el alma.

Gracias Juan por enviarme este texto!

lunes, 2 de mayo de 2011

Sincerar motivos y expectativas…

Una importante cantidad de pensadores, analistas, humanistas, sociólogos, psicólogos, camioneros, deportistas, bomberos, jardineros, vendedores de panchos, referís, y gente que anda suelta por ahí, coincide en que el Objetivo del comportamiento humano es: mantener, preservar, proteger, el auto concepto, cuidar la imagen que tenemos de nosotros mismos.

Mi pregunta entonces es… ¿Todo tiene una intención? Y más complejo aún… ¿Todo tiene más de una intención?

¿Es lo mismo tener una intención que hacer cosas sujetas a alguna condición?

¿Se pueden hacer cosas sin condiciones… sin esperar nada a cambio, teniendo muy claros los motivos?

¿Puedo tomar la decisión de asistir a un lugar respondiendo a una necesidad personal, legítima, genuina?

¿Tengo en cuenta la tribuna que sube y baja el pulgar a cada decisión que tomo?

El ego se pasea por estas cuestionas más o menos fortalecido, necesitado, sano o herido.

Me siento más libre y más integrado cuando, al tomar una decisión, pude nombrar y blanquearme las motivaciones que están en juego.

Saber por qué voy a un lugar, conocer a fondo por qué hago esto o aquello acorta el margen de frustración y aumenta mi grado de satisfacción, de compromiso y de desapego.

De esa manera, sé a qué estoy jugando.

Cuando en el fondo, espero alguna retribución de algo que hice y esa retribución no llega… no te puedo explicar la ira que me explota dentro…

¿Pero está mal esperar algo a cambio? No, en absoluto. Lo que digo es que si no te sinceras contigo mismo, la desilusión, el desencanto y la frustración estarán a la orden del día.

No te regalo para que me regales, no te invito para que me invites, no te visito para que tú lo hagas conmigo. Esto lo hago porque yo quiero. A mi me hace bien hacerlo. Es regalo. Es gratuito. No me debes nada.

Puedo llamarte 100 veces. No te reclamaré si tú no haces lo mismo. No me debes cada llamada que te hago.

Seguro que me alegraré si haces algo por mí. No lo exigiré. Sólo celebraré cuando eso suceda. Es muy lindo recibir regalos y también es muy lindo hacerlos… sin condiciones y con las más claras intenciones.

Como dice Amado Nervo: “Vida nada me debes, ¡Vida, estamos en paz!

miércoles, 13 de abril de 2011

Esa exigencia que me impide disfrutar…

Podría destilar una reflexión acerca de este tema sólo basándome en mi experiencia personal.

Afortunadamente, y habiendo escuchado a mucha gente, ¡descubro a tantos en mi misma situación!

Parece como si estuviéramos programados con el mismo software que nos hace procesar lo que vivimos de la misma manera.

Y a la vez, lamentablemente, somos tantos los que nos auto exigimos a un nivel, en una intensidad, que carecemos de aquello que llamamos: Calidad de vida, que no es otra cosa que descubrir la manera de disfrutar.

A esa exigencia que me impulsa a ir por más la llamaría: ambición. Es buena. Nos desafía. Nos hace corrernos de la zona de confort para aprender algo nuevo, para subir la vara, para ampliar los horizontes, para competir y obtener mejores resultados, para desarrollarnos como personas, para probar nuestro temple, para sentir esa satisfacción de haber podido…

Y la otra… la otra exigencia que nos transforma en nuestros peores enemigos, que descalifica cualquier acción confinándola a la categoría de: “Era lo que debías hacer”. Personas insatisfechas y vacías. Ansiosas y angustiadas. Incapaces de permanecer un instante al amparo de lo conseguido. No hay tiempo para celebrar porque tampoco hay motivos para hacerlo. Este camino lleva a la amargura. Nada llena el corazón de estas personas que están siempre saliendo hacia lo que está por venir… no hay presente. El pasado el vergonzoso y el presente muy vacío… por eso… a correr tras los desafíos para calmar mi sensación de: “Sólo seré valioso cuando logre algo importante”.

Empeñamos la vida, y así se nos va sin poder morder el fruto maduro, sin la capacidad de un Carpe Diem. Recuerda que mañana serás abono para los gusanos… Eso dice el poema en la famosa película…

Articulando libros, sagrados y profanos (no creo en esta división medieval) diría: Disfruta hoy, el mañana se inquietará por sí mismo.

Pero todos queremos disfrutar… la pregunta sigue siendo: ¿Cómo hacer?

martes, 12 de abril de 2011

Para que un Consultor Psicológico

La CONSULTORIA PSICOLÓGICA - COUNSELING es una Profesión de Ayuda, interventiva y preventiva, donde un Profesional Consultor - Counselor, realiza entrevistas con Personas o Grupos que atraviesan un momento de DESORIENTACIÓN o CRISIS o que desean profundizar su DESARROLLO PERSONAL, sirviéndose de la comunicación verbal, mediante un proceso activo de aprendizaje Cognitivo-Emocional, que provoca la recuperación o profundización de su estado de Bien-Estar: Bio, Socio, Psico-Espiritual, para que continúen con su Crecimiento y Despliegue Personal.

Objetivos del proceso de ayuda:

El Counselor facilita que el Consultante:

- Se reorganice
- Se auto explore
- Se escuche a sí mismo
- Se acepte
- Valide y reconozca su mundo interno
- Se auto realice
- Se auto perciba
- Tome conciencia de su propio poder
- Se con - mueva
- Despligue todo su potencial
- Descubra dentro de sí su centro de valoración positiva incondicional

El Compromiso del Counselor para con el Consultante:

Prevención y Promoción del BIEN-ESTAR individual y relacional

Acompañar emocionalmente y Asesorar

Asistencia para los procesos de Cambio

Asistencia para la Resolución de Conflictos y Toma de Decisiones

Facilitar el Proceso de Despliegue de Potencialidades