lunes, 29 de noviembre de 2010

Uno... íntegro... fusión... comunión...

Era el día ideal. Cielo despejado. Un lindo sol de primavera. Vientos del este – sudeste entre 10 y 12 nudos. Ricas provisiones y buenas compañías. Me fui al río. Icé las velas y me lancé a navegar…

El aire estaba semi – húmedo, por momentos fresco, de a ratos templadito. El viento me daba en la cara. Timón en mano, firme y sensible. Todas las velas desplegadas. El cuerpo acompasando las olas. Respiraba hondo sin piedras en el camino. Mi ojo derecho semi – cerrado para protegerme del reflejo del sol en el agua. La proa del barco abría las olas como agudo bisturí en manos de un meticuloso cirujano.

Y no pensé…

No reflexioné…

No controlé nada…

No me preocupé por el futuro…

No recordé el pasado…

Estaba todo… ahí…

Uno con el viento…
Uno con el agua…
Uno con las olas…
Uno con el barco…
Uno con el sol…
Uno con el cosmos…
Uno conmigo mismo…

Fusionado…
En comunión…

No tengo moralejas… no saqué nada en limpio… porque todo era limpio…

Experiencia donde desaparecés y te encontrás plenamente…

Nada… todo… lo comparto… no hice otra cosa que navegar...

domingo, 7 de noviembre de 2010

¿Cuándo fue la última vez que hiciste algo por primera vez?

Hace unos días, un amigo, me prestó esta pregunta. Y me quedó dando vueltas. Y no me la puedo sacar de encima. Y me molesta un poco.

Recordé que la semana pasada había aprendido a hacer puré de manzana... que por cierto, me salió muy rico...

Pero me quedé pensando en cuántas cosas hago por rutina y repetición. Cuántas cosas ya son viejas y responden a otro tiempo. ¿Qué atrayente es la comodidad? ¿Hay espacio para lo nuevo?

La pregunta me incomoda mucho y me saca del equilibrio. Me propone tirar el pan viejo de ayer y amasar cada día uno nuevo. Esta pregunta me hace despertar la iniciativa. Desafía mi creatividad. Cierta audacia tengo que poner en juego. Lo nuevo a veces nos genera miedo, incertidumbre, y en algunos casos, angustia.

La repetición y la rutina te dan cierta seguridad pero siento que así nos vamos muriendo de a poco. Si no me acuerdo cuando fue la última vez... que hice algo por primera vez... es porque, de algún modo, he dejado de crecer.

La decisión de crecer conlleva un riesgo. Crecer de modo constante es para los valientes, los generosos, los libres, los desapegados, para aquellos cuyo ego no está en juego cada vez que sueltan lo atesorado.

Hacer algo nuevo o por primera vez te pone ante la vida como aprendiz. Ser sabio es nunca perder la conciencia de que no se sabe nada, o bastante poco como para arrogarse el título de tal. Es nunca perder la genuina ingenuidad de la sorpresa, es quedar un poco vulnerable, es ser persevante en la búsqueda con la conciencia de que lo encontrado será precario, provisorio, fresco, y que alcanzará sólo para hoy.

Los que intentan por primera vez se lanzan a la insistente exploración de lo desconocido, hacia nuevos horizontes, por caminos no recorridos, renovando su pensamiento, con un registro más amplio de sus emociones...

Te presto la pregunta. No la quiero guardar sólo para mí... para nacer no hay que pedir permiso... en este caso, es una decisión personal.

miércoles, 20 de octubre de 2010

La música que calma a las fieras…


No puedo dejar de reconocer el impacto que la música genera en mí. No sólo la instrumental sino también aquellas que poseen una lírica, que según el momento vital en el que me encuentre, me resultan más o menos inspiradoras.

La música me trae experiencias del pasado, sensaciones, olores, caras, emociones, concepciones de la vida, creencias… amores, desamores, ilusiones, desencantos, risas, llantos, vacíos, plenitudes, serenidad, alteración, claridad, confusión… para cada palabra tengo una canción…

La música también me proyecta al futuro, me inspira, me expande, me propone nuevos horizontes, me invita a salir de lo conocido, me abre posibilidades que hasta el momento no las había considerado, me renueva la fuerza para seguir, me acerca caminos aún no transitados, me dibuja sonrisas por cosas que aún no han sucedido…

La música describe mi presente. Le pone melodía a mis ideas, despliega acordes armónicos y disonantes, le pone nombre a mis emociones, me ayuda a comprenderme, a aceptarme, a perdonarme. La música me hace compañía, atraviesa recovecos recónditos, sondea abismos desconocidos, derrite los glaciares del alma, va puliendo aristas cortantes, la música tiene una enorme capacidad de contarme con agudeza aquello que late en mi alma.

La música cura mis heridas, las abraza, las acaricia como una suave brisa de verano.

La música me hace recuperar mi eje. Me devuelve a mi foco primordial.

La música es aliento vital que me libera de la angustia y me hace respirar profundamente.

lunes, 4 de octubre de 2010

Una muy buena idea... suscribo!

http://www.educacionprohibida.com.ar/Es/index.html

jueves, 23 de septiembre de 2010

Ponele nombre a los motivadores

La fuerza erosiva del mar es impresionante. Siempre me han llamado la atención los acantilados. El golpe constante del mar sobre ellos recorta, dibuja, moldea, desgasta, pule…

¿Cómo un elemento tan poco consistente es capaz de vulnerar las rocas graníticas ancestrales? La respuesta es una sola: por su insistencia.

Por su insistencia, la gota horada la piedra.

Esta analogía me parece útil para ilustrar una dinámica que ayuda a profundizar ciertos temas.

Si le hacés la misma pregunta a una persona 10 veces, probablemente conteste de manera diferente, tanto porque cambió el contenido, o porque amplió sus argumentos, o porque cambió el tono de voz, o se modificó su semblante, o porque apareció otra emoción. Si atendemos a los detalles nos daremos cuenta que las respuestas son diferentes.

Pienso que la repetición insistente de la pregunta tiene un poder similar al de nuestra pequeña gota de agua de mar.

Alguna vez leí por ahí que la palabra es más penetrante que espada de doble filo, y penetra hasta donde se dividen el alma y el espíritu, los huesos y los tuétanos, haciendo un discernimiento de los deseos y los pensamientos más íntimos. No hay criatura a la que su luz no pueda penetrar; todo queda desnudo y al descubierto…

Cuando una pregunta fue gestada en lo más hondo y genuino de una persona, penetra, perfora, erosiona todas las defensas y pone al descubierto lo verdadero de aquel que la escucha, la recibe y le brinda alojamiento.

En el proceso de autoconocimiento esta dinámica puede ayudarme a clarificar, conocer, profundizar, registrar, motivaciones que no hemos verbalizado aún.

Es un ejercicio para hacer durante 7 siete días. Tomás tu cuaderno de Bitácora y anotás en ella alguna pregunta de esas que llamamos “existenciales”. Anotá las primeras respuestas que espontáneamente surjan. Dejalas descansar y al día siguiente volvé sobre la pregunta. Así, durante 7 días. Te sorprenderás la cantidad de matices que aparecen. No filtres. No juzgues. Dejá que la pregunta siga golpeando el acantilado. Al cabo de siete días tendrás un mosaico de respuestas muy interesantes que te aportarán colores nuevos de vos mismo.

Podemos empezar por esta… ¿Para qué te levantás cada mañana?...

martes, 7 de septiembre de 2010

¿Podrías decir que tu historia es apasionante?

Llego a esta etapa de mi vida rico en experiencias. Innumerables hechos significativos han hecho de mi lo que soy. Pero, más aún, lo que ha hecho que sea lo que soy es la simbolización que hice de esos acontecimientos. Es el sentido vital que descubrí, que yo mismo armé, que escuché de personas referentes, el modo en que elegí interpretarlos; fue la palabra que atravesó el acontecimiento dándole la luz necesaria la que me permitió caminar, seguir, luchar, conseguir, claudicar, elegir, retomar, refrescar, abandonar, desviar, crecer...

Lo que hace que sea esto que soy, no es sólo el acontecimiento vivido sino, junto con él, la interpretación que hice del mismo. Así se fue formando mi cultura, mis creencias, la apropiación de valores, la creación de paradigmas, el seguimiento de modelos, un prisma desde el cual empecé a mirar las cosas y declararlas como “la realidad”, mi realidad. No tengo la verdad sino mi verdad sobre lo que he vivido.

Los hechos del pasado no podemos cambiarlos, sucedieron. Ya está. Lo que si se puede modificar, enriquecer, y profundizar es la simbolización que hicimos de ellos. Y eso nos puede cambiar la vida.

Puede ser, en el mejor de los casos, un camino de mucha liberación interior.

Algunos deciden revisar la propia historia para comprenderse, para aceptarse, para quererse más y mejor, para reconciliar, para sanar heridas, para simbolizar lo que no fue simbolizado, para nombrar lo que quedó sin palabras, para soltar, para vivir más en paz con uno mismo y salir más libre hacia el futuro.

Hay hechos que por su intensidad provocaron reacciones muy desde adentro. La vida ya no la encaré de la misma manera. Ante estos hechos muchas veces nos decimos a nosotros mismos como queremos vivir y hacemos opciones muy de fondo.


Si quisieras emprender este viaje te propongo lo siguiente:

Te pido que recorras el camino de tu vida y te quedes dónde aparecen algunos de estos hechos significativos. Volvé a ubicarte en ese lugar, identificate con la edad que tenías, visualizá la situación, qué fue lo que pasó, cómo te sentiste, y qué emergió como opción en vos. No intentes encontrar cosas elaboradas y reflexionadas, sino signos de algo que cambió muy desde adentro. Te puede ayudar el imaginarte ahora un diálogo con vos mismo entre quién sos actualmente y el que eras. Tratá de percibir como te sentís con las opciones que fuiste haciendo y te marcaron para el futuro.

Anotá todo en un cuaderno...

lunes, 23 de agosto de 2010

¡Nos sobran los motivos!

Me gusta ver en la gente sus expresiones de la cara. Muchas veces camino cerca de la estación de tren y presto especial atención a eso. Me impresiona ver que muchas de las expresiones son rígidas, duras, preocupadas, con el ceño fruncido, de enojo, fugaces, de desconfianza, concentradas resolviendo quien sabe qué enigma de su vida, miradas tristes sin rumbo y sin puerto donde hacerla descansar. Y así van… y así vamos, cada uno con la cara que puede llevar, con la expresión que a veces dice tanto pero tanto más esconde.

A mí me ayuda a tomar conciencia de la expresión que en cada momento llevo en mi rostro. Sin lugar a duda, el darme cuenta de eso me permite elegir que cara quiero poner.

Hago muecas para estirar los músculos. A veces los tengo duros, rígidos, poco elásticos. Los ejercito y los acomodo. Los despierto. Me asombro de su versatilidad. Los oxigeno. Les propongo más vida. Y les aseguro que con esta sencilla gimnasia facial el semblante se transforma.

Como una sorpresa, irrumpe una emoción diferente que acompaña ese nuevo semblante. Si elijo una cara alegre, risueña, por ejemplo, aparecen en mi cabeza recuerdos, razones, motivos, imágenes, que respaldan la risa y la alegría.

Me maravilla la conexión que hay entre mis pensamientos, mis emociones y mi cuerpo. Como un sistema articulado, como vasos comunicantes, como una conexión en red, como una piedra arrojada a un estanque, como una pluma que roza mi piel.

Todo lo que siento se refleja en mi cuerpo, todo lo que pienso me despierta una emoción. Pensamientos, emociones, postura del cuerpo están en permanente conversación.

Quisiera estar más atento a esto. Escuchar más a mi cuerpo. Dialogar más con mis emociones. Detectar los pensamientos que me atraviesan. De esta manera podré saber qué me pasa y elegir qué hacer con eso.

Les dejo un ejercicio muy sencillo pero de enorme valor para el autoconocimiento.

1. ¿Cuáles son los pensamientos que prevalecen en mí?
2. ¿Qué emociones me despiertan?
3. ¿Cómo se pone mi cuerpo cuando ellas me visitan?
4. ¿Qué comportamientos adopto frente a esto?
5. ¿Qué impacto genero en mi entorno con estos comportamientos?

Si pueden registrarlo en un cuaderno de Bitácora les será de mucha utilidad para elegir que hacer en el aquí y ahora, para comprender la propia historia y desarrollar para el futuro, una mejor versión de sí mismos.